Un viaje al mercado de las alfombras más grandes del mundo y conozca al fabricante de las alfombras de la más alta calidad de Irán.Un recorrido que inicia en el desorden del Bazar de Teherán, donde está el mercado de las alfombras más grande del mundo; pasa por Shiraz, la tierra donde los nómadas se asientan en esta época para fabricar sus mejores tapices, y termina en una de las plantas de Miri Estudio, responsable de algunas de las alfombras más valiosas y de más alta calidad de Irán.
El Gran Bazar de Teherán es un laberinto interminable de corredores angostos de cemento con techos abovedados de ladrillo que se cruzan entre sí como una Torre de Babel con toques dramáticos por los chorros de luz que se cuelan por pequeñas claraboyas. Es un pueblo secreto de 10 kilómetros cuadrados con vida propia construido en el centro de Teherán y que por generaciones ha movido los hilos económicos, sociales y políticos de Irán. No es un Bazar lleno de olores, colores y objetos atractivos para los turistas como otros de Oriente, pero detrás de sus puertas ojivales se mueve el mayor negocio de alfombras del mundo. No en vano, Irán es el principal exportador de alfombras del planeta. “De este Bazar sale lo mejor de Irán”, me dijo al comienzo de mi visita un joven bazarista cuya familia lleva en el negocio cuatro generaciones y que recorre el país permanentemente en busca de las mejores alfombras rústicas para su pequeña tienda, desde donde exporta varios millones de dólares al año. Se calcula que el promedio anual de las exportaciones de alfombras iraníes está por los 550 millones de dólares.
Sólo hace falta caminar un rato por el Bazar-e Bozorg (Bazar Grande) para ir topándose con cientos de locales situados a los laterales de los corredores en los que grandes pilas de alfombras se apiñan por todos lados. En esta parte del bazar las alfombras abundan: están colgadas de las barandas de los diferentes pisos que conforman cada uno de los 60 galpones dedicados a este negocio, arrinconadas en las esquinas o tiradas en los corredores sucios por donde miles de personas pasan cada día quitándole, algunas veces, toda sofisticación al negocio. Pero, ¿cómo un objeto tan costoso está expuesto de esta manera? Para encontrar la respuesta me sumergí en este mundo por unos días para entender que esta es la tradición, que las alfombras son hechas la mayoría de las veces sobre pisos de tierra o en lugares muy humildes, y que un iraní encuentra la belleza de una alfombra de una manera diferente a como la encontramos los occidentales, acostumbrados a enamorarnos de un objeto, en gran parte, por la manera como está exhibido.
Son tantos los almacenes que se encuentran en el Bazar que con la primera visita a uno de los galpones es fácil creer que se tiene una idea de las regiones de donde provienen, calidades y precios de las alfombras iraníes. Pero el asunto es más complejo. “Se necesita mucho para conocer de alfombras debido a que cada región y pueblo de Irán es un mundo. La gente suele creer que una alfombra es bueno por el número de nudos, pero este es otro error que cometen porque cada clase de alfombra se hace de manera diferente”, me cuenta uno de esos miles de bazaristas que van vestidos, como es la costumbre, de traje gris y camisa blanca abierta al cuello, y que tienen desplegada en la puerta de su local una gran pila de alfombras gigantes. Todos son de colores claros con arabescos en negro, azul y blanco. Son alfombras de lana y seda hechas en Tabriz, al norte del país, y son la moda entre los iraníes de clase media. Su costo no es inferior a los mil dólares.
“Las alfombras de Tabriz se han industrializado mucho y por eso no podría decir que son los mejores de Irán como mucha gente, dentro y fuera del país, piensa. Si de alfombras clásicas hablamos yo prefiero quedarme con un isfahaní antiguo; sus diseños son más limitados pero la calidad es mejor. Incluso con uno de Qom; todos de seda, mucho más nuevos y, claro, muchos más costosos”, me explica minutos más tarde Majid, un hombre de 40 años cuya familia lleva cuatro generaciones en el negocio y que tiene las tiendas más exclusivas del Bazar.
Para poder entender todo este mundo tan complejo decidí acudir a Majid, a quien conocí en una de las visitas al Bazar. En aquella ocasión me había invitado a tomar un té, que es la manera como se comienza todo negocio en Irán, en su local, de cuyas paredes colgaban delicadas alfombras que no tenían nada que ver con los diseños tradicionales que se ven en los locales más grandes del lugar. “El gusto en alfombras de los iraníes no es el mismo que el de los extranjeros -dice-. Los iraníes prefieren las alfombras de diseños tradicionales hechos en ciudades, y a los extranjeros les suelen gustar los tribales como gashgai’s o baluchis, con colores más vivos y diseños geométricos”.
El Gran Bazar de Teherán es un laberinto interminable de corredores angostos de cemento con techos abovedados de ladrillo que se cruzan entre sí como una Torre de Babel con toques dramáticos por los chorros de luz que se cuelan por pequeñas claraboyas. Es un pueblo secreto de 10 kilómetros cuadrados con vida propia construido en el centro de Teherán y que por generaciones ha movido los hilos económicos, sociales y políticos de Irán. No es un Bazar lleno de olores, colores y objetos atractivos para los turistas como otros de Oriente, pero detrás de sus puertas ojivales se mueve el mayor negocio de alfombras del mundo. No en vano, Irán es el principal exportador de alfombras del planeta. “De este Bazar sale lo mejor de Irán”, me dijo al comienzo de mi visita un joven bazarista cuya familia lleva en el negocio cuatro generaciones y que recorre el país permanentemente en busca de las mejores alfombras rústicas para su pequeña tienda, desde donde exporta varios millones de dólares al año. Se calcula que el promedio anual de las exportaciones de alfombras iraníes está por los 550 millones de dólares.
Sólo hace falta caminar un rato por el Bazar-e Bozorg (Bazar Grande) para ir topándose con cientos de locales situados a los laterales de los corredores en los que grandes pilas de alfombras se apiñan por todos lados. En esta parte del bazar las alfombras abundan: están colgadas de las barandas de los diferentes pisos que conforman cada uno de los 60 galpones dedicados a este negocio, arrinconadas en las esquinas o tiradas en los corredores sucios por donde miles de personas pasan cada día quitándole, algunas veces, toda sofisticación al negocio. Pero, ¿cómo un objeto tan costoso está expuesto de esta manera? Para encontrar la respuesta me sumergí en este mundo por unos días para entender que esta es la tradición, que las alfombras son hechas la mayoría de las veces sobre pisos de tierra o en lugares muy humildes, y que un iraní encuentra la belleza de una alfombra de una manera diferente a como la encontramos los occidentales, acostumbrados a enamorarnos de un objeto, en gran parte, por la manera como está exhibido.
Son tantos los almacenes que se encuentran en el Bazar que con la primera visita a uno de los galpones es fácil creer que se tiene una idea de las regiones de donde provienen, calidades y precios de las alfombras iraníes. Pero el asunto es más complejo. “Se necesita mucho para conocer de alfombras debido a que cada región y pueblo de Irán es un mundo. La gente suele creer que una alfombra es bueno por el número de nudos, pero este es otro error que cometen porque cada clase de alfombra se hace de manera diferente”, me cuenta uno de esos miles de bazaristas que van vestidos, como es la costumbre, de traje gris y camisa blanca abierta al cuello, y que tienen desplegada en la puerta de su local una gran pila de alfombras gigantes. Todos son de colores claros con arabescos en negro, azul y blanco. Son alfombras de lana y seda hechas en Tabriz, al norte del país, y son la moda entre los iraníes de clase media. Su costo no es inferior a los mil dólares.
“Las alfombras de Tabriz se han industrializado mucho y por eso no podría decir que son los mejores de Irán como mucha gente, dentro y fuera del país, piensa. Si de alfombras clásicas hablamos yo prefiero quedarme con un isfahaní antiguo; sus diseños son más limitados pero la calidad es mejor. Incluso con uno de Qom; todos de seda, mucho más nuevos y, claro, muchos más costosos”, me explica minutos más tarde Majid, un hombre de 40 años cuya familia lleva cuatro generaciones en el negocio y que tiene las tiendas más exclusivas del Bazar.
Para poder entender todo este mundo tan complejo decidí acudir a Majid, a quien conocí en una de las visitas al Bazar. En aquella ocasión me había invitado a tomar un té, que es la manera como se comienza todo negocio en Irán, en su local, de cuyas paredes colgaban delicadas alfombras que no tenían nada que ver con los diseños tradicionales que se ven en los locales más grandes del lugar. “El gusto en alfombras de los iraníes no es el mismo que el de los extranjeros -dice-. Los iraníes prefieren las alfombras de diseños tradicionales hechos en ciudades, y a los extranjeros les suelen gustar los tribales como gashgai’s o baluchis, con colores más vivos y diseños geométricos”.
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